Fundación eCare Acompaña - Elisabeth d'Ornano - Evidencias - Postparto

El recién nacido

Nada de lo que haga el bebé tiene sentido,
excepto desde el punto de vista del cuerpo (si no está cerca) de la madre.

Nils Bergman.

Nacer significa despertar. En el vientre materno los bebés están adormilados; atravesar el canal de parto conlleva una liberación hormonal que les hace despertar y pasar las dos primeras horas de vida en estado de “alerta tranquila”. Así, colocados en piel con piel sobre su madre, pueden ir reptando hasta el pecho por si mismos guiados por el olfato, mirar a la madre a los ojos e iniciar la lactancia. Pasadas esas dos primeras horas vuelven a dormir. Los recién nacidos duermen unas dieciséis horas al día.
A finales de los años setenta, en un hospital colombiano, al pediatra Edgar Rey, preocupado porque no tenía suficientes incubadoras para tantos bebés nacidos prematuros, se le ocurrió poner algunos directamente sobre el pecho de la madre y dejar que fueran las madres las que los cuidaran ofreciéndoles su pecho a demanda. Resultó que aquellos bebés evolucionaban mucho mejor que los que estaban en las incubadoras, y así se descubrió lo que se ha llamado “método canguro” que ha supuesto una profunda revolución en los cuidados de todos los bebés, no sólo los prematuros. El método canguro significa ofrecer a los recién nacidos “amor, lactancia y calor” en contacto directo con la piel de la madre u otro familiar. Nos ha enseñado que todos los recién nacidos (no solo los prematuros) se desarrollan idealmente en contacto estrecho con el cuerpo de la madre, especialmente las primeras semanas de vida.
Cuando está pegado a la madre el bebé sabe obtener todo lo que necesita. Hay toda una serie de acontecimientos biológicos casi invisibles actuando entre ellos dos. La madre regula la temperatura, la respiración y hasta la frecuencia cardíaca del bebé sin tener que pensarlo, lo hace su cuerpo espontáneamente. A su vez el bebé con sus movimientos y conductas facilita cambios en el cerebro de la madre que le harán sentirse más unida a su bebé y que le resulte más fácil y agradable cuidarle. Cuando están juntos la mayor parte del tiempo desde el nacimiento en piel con piel el bebé no sufre estrés y su cerebro crece óptimamente.
Piel con piel significa que el recién nacido esté con muy poquita ropa o solo con el pañal, puesto sobre el pecho desnudo de la madre (o abuela u otra persona familiar) o el torso del padre. No es lo mismo con ropa que sin ella; cuanta más superficie de la piel del bebe toque otra piel más oxitocina produce su cerebro, lo que le hace sentir más bienestar y más confianza.
Durante unos breves periodos de tiempo al día el bebé está despierto y en alerta tranquila. Entonces tiene los ojos abiertos y está muy quieto: desea escuchar e interactuar con alguien. En esos momentos es buenísimo hablarles mirándolos a los ojos a una distancia cercana (unos 20 centímetros). Es asombrosa su capacidad para escuchar y responder, imitando los gestos de la persona que tienen enfrente. Incluso llegan a sacar la lengua o a balbucear, intentando repetir lo que se les dice. Este inicio de interacción social y conversación es importantísimo y potencia su inteligencia.
De manera natural, las madres y abuelas y muchos adultos saben hablar el idioma de los bebés, que en inglés se ha llamado “motherese” y en castellano hay quien lo llama “abuelense”. Es un lenguaje único y precioso que se caracteriza hablar despacio, marcando la expresión de la cara y abriendo mucho la boca al hablar, poniendo un tono especial que atrae y fascina a los bebés.
Además, los bebés son muy hábiles percibiendo las emociones de las personas que les rodean. A veces lloran largamente si notan que la madre o personas que les cuidan están enfadadas o tristes. Vienen muy listos para percibir emociones en los demás y en sí mismos. Pueden sentir un rango de emociones intensas, a pesar de que no pueden entender el contenido de la emoción y su relación con lo que está sucediendo a su alrededor.
Como no pueden pensar, ni tienen desarrollada la capacidad intelectual, los recién nacidos sienten la emoción con todo su cuerpo. Por eso necesitan tantísimo a la madre regular sus emociones. No pueden procesar la propia emoción si no es a través del contacto corporal estrecho con el cuerpo de la madre. Además, el recién nacido o el bebé de corta edad puede percibir magistralmente las emociones de las personas que le rodean, incluso si estas intentan ocultarlas. Esa es una de las razones por las que es tan importante hablar a los bebés y explicarles las cosas: incluso si no entienden el contenido de las palabras perciben la emoción de quien les habla y esto les puede tranquilizar enormemente.
Cada vez que una madre responde de forma sensible al llanto o petición de su bebé, calmándole y consolándole, le ayuda a regular la emoción. Así, a base de repetir está respuesta, se va construyendo la llamada “base segura”, que viene a ser la expectativa y confianza que tiene el bebé de que su madre siempre estará ahí para cuidarle y quererle. Todo ese recuerdo, y muy especialmente, esas emociones quedan grabadas en su memoria. El bebé recuerda las emociones que se producen en su cuerpo y la respuesta que recibe por parte de su madre y padre u otras personas muy cercanas y queridas. Así, se memoriza el recuerdo del consuelo, del abrazo etc.. Todo eso a su vez va condicionando como el bebé responde, sonríe, mira o expresa.
Por eso es fundamental hablarles y explicarles las cosas en la medida de lo posible, más aún si se les tiene que hacer algún procedimiento médico o si van a separarse de sus padres. Calmarles con la palabra y el abrazo cuando lloran, acunarles cuando muestran sueño, hablarles y contarles lo que pasa cuando están más despiertos y atentos.
Cada bebé es único. Conocer sus gustos, su personalidad, su manera de estar y responder…lleva su tiempo. Por eso esas primeras semanas son ideales para el reconocimiento mutuo y requieren la máxima presencia materna posible.

El inicio del vínculo

El vínculo entre madres, padres y bebés se inicia en el embarazo. Tiene que ver con querer al bebé que se está gestando, con desear cuidarle y conocerle, con imaginar como será la vida con el o ella, con soñarle…El nacimiento del bebé conlleva una transformación de ese vínculo y el inicio de la relación: por muy deseado y querido que haya sido el bebé en el útero, en cierto sentido es un “desconocido” que llega a la casa. Hay que darse tiempo para ir conociéndolo y queriéndole tal y como es, dejando atrás la fantasía del bebé ideal o perfecto. Ese conocimiento mutuo requiere tiempo y atención, dedicación estrecha los primeros meses de vida, cuando más dependiente es el bebé.
Sobre todo, el bebé necesita sentirse acompañado. Cada vez que tiene hambre, sueño, ganas de charlar o molestias diversas emite señales, casi siempre dirigidas a la madre. Lo más importante que hacen las madres es precisamente responder a las señales del bebé, cuanto antes mejor. Los recién nacidos cuyas madres responden inmediatamente a su llanto en las primeras semanas apenas lloran cuando tienen un año de vida. Muchas personas piensan que para que él bebé se convierta en un niño y adulto independiente tiene que acostumbrarse desde el inicio. Es justo al revés la manera de criar adultos independientes pasa por cubrir todas sus necesidades cuando más dependiente es el ser humano: nada mas nacer.
A lo largo de los primeros días, semanas y meses, el bebé va viviendo diferentes sensaciones: hambre, sueño, calor, incomodidad…Cada vez que llora y su madre (o padre) le consuela y le calma aprende algo: “mamá (o papá) está cerca y me cuida”. Así se va sintiendo querido y construyendo su autoestima. La repetición de ese ciclo miles de veces le ayuda a saber que esperar en la vida y en el mundo. Si sus padres responden a sus necesidades en estos primeros meses desarrolla una visión del mundo positiva, un lugar en el que los adultos te cuidan y te consuelan si no te sientes bien y te hablan y divierten si te apetece conversar. Crecerá sintiendo que vivir vale la pena, que merece ser querido, sabrá confiar en los demás y en sus propias habilidades sociales.
Conforme se siente querido el bebé va, a su vez, aprendiendo a amar. Busca la presencia materna, la cercanía, se calma cuando escucha la voz de su padre, dirige su atención hacia sus seres queridos desde muy temprano.
El bebé está deseando la compañía amorosa de sus padres. Pero nadie puede dar lo que no ha recibido. Es decir, si la madre o el padre han sufrido falta de cariño en la infancia pueden sentir que a veces desean salir corriendo en vez de atender las necesidades de cariño y contacto de su hijo o hija. En esos momentos es bueno buscar ayuda y compañía, como dice el proverbio africano se necesita toda una tribu para criar a un niño o niña. Así se puede contar con la ayuda y compañía de abuelos, tías, hermanos y amigos de la familia para atender al bebé, pero siempre entendiendo que su necesidad es genuina y amorosa, que los bebés no manipulan ni toman el pelo a sus madres, no. Los bebés quieren estar siempre acompañados y cerca de ellas porque así se saben amados, permitirlo al máximo en esas primeras semanas de vida favorece que desarrollen al máximo su capacidad de amar. Su empatía y su inteligencia emocional dependen en buena parte de respetar ese inicio tan potente, eso que en inglés llaman “babymoon” y que viene a ser como una luna de miel con el bebé: un tiempo muy importante para construir una relación amorosa que durará toda la vida.

El inicio de la lactancia

Preguntemos a cualquier madre acerca de qué es aquello que considera esencial en el “ser madre” y no vacilará en contestar: el amor.
R. Schaffer

Abrazos y caricias, a menudo, unas cuantas veces al día, a demanda, siempre que el bebé o la madre quieran: eso es la lactancia materna. Más allá de los sobradamente demostrados beneficios de la leche materna para la salud del bebé, es importante recordar que amamantar es, sobre todo y, ante todo, un acto de amor. La suma de “mamá” y “amar”. Una entrega, un acto de generosidad y cuidado, un abrazo prolongado. Cada vez que una madre se pone a su bebé al pecho, le está abrazando y transmitiéndole directamente su amor incondicional, nutriéndole en cuerpo y alma, consolándole, calmándole, queriéndole. El bebé así se siente amado, querido, y va construyendo su autoestima y su confianza en la vida.

Todos los recién nacidos esperan lo mismo: encontrarse con su madre e iniciar la lactancia en las primeras horas de vida. Así ha sido durante toda la historia de la humanidad, desde el principio de los tiempos. Nuestra especie ha llegado tan lejos gracias, entre otras cosas, a la leche de las madres, que a lo largo de millones de años se ha ido perfeccionando y mejorando, y propiciando así el desarrollo del cerebro social. Las caricias y abrazos que inevitablemente se dan al dar el pecho también son amor necesario para crecer.

Cada madre fabrica la mejor leche para su hijo-a. La composición de la leche varía en función de la edad y necesidades del bebé, es distinta en las madres de los prematuros, y también cambia a lo largo del día y de cada toma. Al principio de la toma, la leche sale más acuosa, al final más grasienta, como si la “nata” se dejara para el final. Esa grasa o nata es excepcionalmente rica en ácidos grasos esenciales para el desarrollo del cerebro del bebé. Por eso es importantísimo amamantar a demanda y sin reloj, y no retirar al bebé del pecho: hay que dejarle que suelte el pezón por sí mismo. Además, la leche materna es insuperable en defensas y otros factores que promueven el crecimiento y la salud. Las bacterias del intestino de la madre, lo que se llama “microbiota·, llegan al bebé también a través de la leche materna y colonizan su intestino de manera óptima, lo que también se traduce en beneficios para su salud.

Dar el pecho es la mejor manera de potenciar la inteligencia en los bebés. Los efectos sobre el desarrollo cerebral del lactante son incomparables, absolutamente superiores a cualquier otra intervención educativa.

La leche de madre es el mejor alimento para todos los bebés. Durante prácticamente toda la historia de la humanidad, salvo los últimos ciento cincuenta años, no hubo otras opciones. Los bebés que no eran amamantados fallecían muy pronto. Por eso se desarrolló la práctica de lactancia mercenaria: las nodrizas, mujeres pobres que amamantaban a los bebés de las mujeres ricas. En muchas ocasiones subyacían situaciones dramáticas: los hijos de las nodrizas a veces fallecían por falta de alimento o abandono, cuando sus madres se habían ido a las ciudades a trabajar como nodrizas.
Lo normal siempre fue amamantar durante los primeros años de vida. En la misma Biblia hay citas que hablan de tres años de lactancia:

“Hijo, ten compasión de mí que te llevé en el seno por nueve meses, te amamanté por tres años y te crie y eduqué hasta la edad que tienes“ extraído de La Biblia, Segundo libro de los Macabeos, 124 años a.C..

En diferentes tribus y culturas se ha comprobado que la lactancia puede durar entre dos y seis o siete años. Los “dientes de leche” se llaman así porque eran los dientes que se tenían hasta que se dejaba de tomar leche de madre, es decir, el destete podía coincidir con la caída de los dientes de leche.

Amamantar equivale a programar, señalan ahora los neurocientíficos. No es sólo la leche, es toda la interacción. Cuando está al pecho el bebé huele a la madre, la oye y la escucha, la acaricia, le mira a los ojos y ve su rostro (con nitidez desde que nace), le toca, le agarra la mano, se mueve con ella si la madre camina o se incorpora, etc…Madre y bebé sincronizan su latido cardíaco, la respiración y toda una serie de funciones biológicas. Pasa mucho más que alimento con la leche: el bebé recibe consuelo, calor y amor.

Amamantar significa confiar: en el propio cuerpo, que produce la leche que necesita el bebé, y en éste, que sabe pedir alimento y consuelo cuando lo requiere. Para apoyar la lactancia es preciso reforzar la confianza de las madres, algo difícil en un mundo que perdió masivamente la cultura de la lactancia a mediados del siglo pasado. El papel de los grupos de apoyo a la lactancia es clave para fortalecer esa confianza de las madres.

Dar el pecho no duele. Si hay dolor al amamantar algo no va bien: en ese caso es fundamental acudir a la consulta de una profesional especializada en lactancia. Puede ser matrona, pediatra, médico, obstetra, enfermera o consultora en lactancia ICBCL, lo importante es que tenga formación y experiencia acreditada en lactancia.

Si una madre no puede o no desea amamantar, es importante ayudarle, para que lo único que le falte a su bebé sea la leche. Es decir, dar el biberón como si fuera el pecho: a demanda, siempre en brazos y a ser posible en piel con piel, cambiando de lado cada toma, preferiblemente dado por la madre y con dosis extra de caricias y abrazos para compensar. La lactancia materna es lo que ha previsto la naturaleza para la construcción del vínculo sano entre madres e hijos.

Ser madre reciente

El puerperio es un momento de máxima intensidad. En muchas culturas tradicionales la llamada “cuarentena” era un tiempo en el que la familia y la comunidad se volcaban en cuidar a la puérpera para que ella no tuviera que ocuparse de nada más que descansar junto al bebé y amamantarlo. Se solía mantener a madre y bebé bastante aislados del resto, en reposo, de forma que se pudieran ir conociendo de manera casi exclusiva y muy íntima, lo que facilitaba el establecimiento de la lactancia. Pasadas esas primeras semanas se reconocía a la mujer como madre nombrando su fortaleza, se celebraba la llegada del bebé y se les acogía en su nuevo lugar en la comunidad. Esas tradiciones cumplían un papel importante: facilitaban la recuperación física de la madre tras el parto y el éxito en la lactancia.
El puerperio es un tiempo precioso para ir conociéndose y encontrándose. El bebé nace tan inmaduro que necesita pasar casi el mismo tiempo que pasó en el útero muy cerca del cuerpo de su madre, lo que algunos llaman “extero-gestación”. Tardará unos ocho o nueve meses en comenzar a desplazarse y gatear o caminar, en querer empezar a alejarse un poco de su madre. La cercanía física facilita que ambos cerebros, el de la madre y el del bebé, se sincronicen en muchos aspectos. Al recién nacido le da bienestar y tranquilidad oler a su madre, lo que le transmite que está cerca de ella. Se ha demostrado como el intenso olor del recién nacido en los primeros días de vida también produce cambios en el cerebro de la mujer que le ayudan a sentirse madre y a cuidar de su hijo-a. La piel y el olfato son los sentidos más desarrollados del recién nacido: oler a su madre, tomar su pecho, y sentir su contacto y caricias es prácticamente todo lo que necesita.
El puerperio conlleva estar exquisitamente sensible. A nivel hormonal, el inicio de la lactancia conlleva cambios en el cerebro de la madre, que hacen que la mujer esté super sensible a cualquier señal que emita el bebé. Esto propicia vigilarle constantemente, de forma casi obsesiva sobre todo si se es madre primeriza, y que resulte difícil pensar en nada más. La transición hormonal lleva su tiempo y durante esas primeras dos semanas o más es frecuente tener altibajos emocionales y encontrarse muy lábil, con facilidad para la lágrima y la emoción a flor de piel.
El psiquiatra Donald Winnicott fue pionero en describir ese estado de “preocupación materna” como algo transitorio y necesario para cuidar al bebé al inicio de la vida, y en señalar que durante los primeros meses madre y bebé deberían ser considerados como una unidad. Con el tiempo la investigación ha demostrado que, efectivamente a nivel biológico madre y bebé siguen siendo una unidad durante mucho tiempo después del parto. Hay toda una serie de sucesos invisibles a la vista, pero de enorme fuerza biológica pasando entre madre y bebé en ese primer mes de vida que facilitan el vínculo y potencian la supervivencia y la salud el recién nacido. Madre y bebé necesitan estar cerca y atentos el uno al otro tras el parto, poco a poco todo se irá colocando.
Cuando nace un bebé nace una familia, y el puerperio también es un tiempo de ajuste intra familiar. El cómo fue tratada la madre cuando ella fue bebé influye muchísimo en como cuida a su recién nacido. Las madres que no fueron bien atendidas a nivel emocional por sus propias madres pueden sentir que les resulta especialmente difícil permanecer con sus bebés y atender sus necesidades. Esto es muy frecuente porque muchas mujeres que son madres en la actualidad se criaron en los tiempos en que se fomentaba el no coger en brazos a los bebés y no atender su llanto. Haber sido criada así dificulta mucho el puerperio: como si la bebé que la madre fue protestara al tener que ocuparse de su propio bebé. Por eso es tan importante tener ayuda y escucha y permitirse tiempo para ir transitando el puerperio.